05/08/14

11:01
Saulo, que todavía respiraba amenazas de muerte contra los discípulos del Señor, se presentó al Sumo Sacerdote y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, a fin de traer encadenados a Jerusalén a los seguidores del Camino del Señor que encontrara, hombres o mujeres. Y mientras iba caminando, al acercarse a Damasco, una luz que venía del cielo lo envolvió de improviso con su resplandor. Y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?". El preguntó: "¿Quién eres tú, Señor?". "Yo soy Jesús, a quien tú persigues, le respondió la voz. Ahora levántate, y entra en la ciudad: allí te dirán qué debes hacer". Los que lo acompañaban quedaron sin palabra, porque oían la voz, pero no veían a nadie. Saulo se levantó del suelo y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía nada. Lo tomaron de la mano y lo llevaron a Damasco. Allí estuvo tres días sin ver, y sin comer ni beber. Vivía entonces en Damasco un discípulo llamado Ananías, a quien el Señor dijo en una visión: "¡Ananías!". El respondió: "Aquí estoy, Señor". El Señor le dijo: "Ve a la calle llamada Recta, y busca en casa de Judas a un tal Saulo de Tarso. El está orando y ha visto en una visión a un hombre llamado Ananías, que entraba y le imponía las manos para devolverle la vista". Ananías respondió: "Señor, oí decir a muchos que este hombre hizo un gran daño a tus santos en Jerusalén. Y ahora está aquí con plenos poderes de los jefes de los sacerdotes para llevar presos a todos los que invocan tu Nombre". El Señor le respondió: "Ve a buscarlo, porque es un instrumento elegido por mí para llevar mi Nombre a todas las naciones, a los reyes y al pueblo de Israel. Yo le haré ver cuánto tendrá que padecer por mi Nombre". Ananías fue a la casa, le impuso las manos y le dijo: "Saulo, hermano mío, el Señor Jesús -el mismo que se te apareció en el camino- me envió a ti para que recobres la vista y quedes lleno del Espíritu Santo". En ese momento, cayeron de sus ojos una especie de escamas y recobró la vista. Se levantó y fue bautizado. Después comió algo y recobró sus fuerzas. Saulo permaneció algunos días con los discípulos que vivían en Damasco, y luego comenzó a predicar en las sinagogas que Jesús es el Hijo de Dios.

11:01
Los judíos discutían entre sí, diciendo: "¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?". Jesús les respondió: "Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente". Jesús enseñaba todo esto en la sinagoga de Cafarnaún.

11:00
"Tomad, comed: esto es mi cuerpo… Tomad, bebed: esta es mi sangre" (Mt 26,26s). Cuando Cristo mismo declaró, respecto al pan: "esto es mi cuerpo", ¿quién se atreverá a vacilar? Y cuando él mismo categóricamente afirma: "esta es mi sangre", ¿quién dudará de esto?... Por tanto, participamos del cuerpo y la sangre de Cristo con una certeza plena. Porque, bajo el aspecto del pan, está el cuerpo que te es dado; bajo el aspecto del vino, está la sangre que te es dada, con el fin de que participando en el cuerpo y en la sangre de Cristo te hagas un solo cuerpo y una sola sangre con Cristo… De este modo, según san Pedro, nos hacemos " partícipes de la naturaleza divina " (2P 1,4). En otro momento Cristo, hablando con los judíos, decía: " si no coméis mi carne, y no bebéis mi sangre, no tendréis vida en vosotros". Pero ellos, como no comprendían sus palabras espiritualmente, se marcharon escandalizados… Existían también, en la antigua Alianza, los panes de la ofrenda; pero aquí no hay razón para ofrecer estos panes de la antigua Alianza. En la Alianza nueva, hay un "pan venido del cielo" y una "copa de la salvación" (Jn 6,41; Sal. 115,4). Porque, como el pan es bueno para el cuerpo, el Verbo concuerda bien con el alma. El santo David, también, te explica el poder de la eucaristía cuando dice: "Ante mí preparaste una mesa, enfrente de mis adversarios" (Sal. 22,5)… ¿De qué quiere hablar si no de la mesa misteriosa y mística que Dios nos preparó contra el enemigo, los demonios?... "Y tu copa me embriaga como la mejor" (v. 5 LXX). Aquí habla de la copa que Jesús tomó en sus manos cuando dio gracias y dijo: "esta es mi sangre, sangre entregada por una multitud en remisión de los pecados" (Mt 26,28)… David cantaba también con respecto a esto: "el pan fortifica el corazón del hombre, y el aceite da brillo a su rostro" (Sal. 103,15). Fortifica tu corazón tomando este pan como un alimento espiritual, y alegra el rostro de tu alma.

Hermanos Franciscanos

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