07/27/15

11:05
Moisés tomó la Carpa. la instaló fuera del campamento, a una cierta distancia, y la llamó Carpa del Encuentro. Así, todo el que tenía que consultar al Señor debía dirigirse a la Carpa del Encuentro, que estaba fuera del campamento. Siempre que Moisés se dirigía hacia la Carpa, todo el pueblo se levantaba, se apostaba a la entrada de su propia carpa y seguía con la mirada a Moisés hasta que él entraba en ella. Cuando Moisés entraba, la columna de nube bajaba y se detenía a la entrada de la Carpa del Encuentro, mientras el Señor conversaba con Moisés. Al ver la columna de nube, todo el pueblo se levantaba, y luego cada uno se postraba a la entrada de su propia carpa. El Señor conversaba con Moisés cara a cara, como lo hace un hombre con su amigo. Después Moisés regresaba al campamento, pero Josué - hijo de Nun, su joven ayudante - no se apartaba del interior de la Carpa. El Señor descendió en la nube, y permaneció allí, junto a él. Moisés invocó el nombre del Señor. El Señor pasó delante de él y exclamó: "El Señor es un Dios compasivo y bondadoso, lento para enojarse, y pródigo en amor y fidelidad. El mantiene su amor a lo largo de mil generaciones y perdona la culpa, la rebeldía y el pecado; sin embargo, no los deja impunes, sino que castiga la culpa de los padres en los hijos y en los nietos, hasta la tercera y cuarta generación." Moisés cayó de rodillas y se postró, diciendo: "Si realmente me has brindado tu amistad, dígnate, Señor, ir en medio de nosotros. Es verdad que este es un pueblo obstinado, pero perdona nuestra culpa y nuestro pecado, y conviértenos en tu herencia". Moisés estuvo allí con el Señor cuarenta días y cuarenta noches, sin comer ni beber. Y escribió sobre las tablas las palabras de la alianza, es decir, los diez Mandamientos.

11:05
El Señor hace obras de justicia y otorga el derecho a los oprimidos; él mostró sus caminos a Moisés y sus proezas al pueblo de Israel. El Señor es bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia; No acusa de manera inapelable ni guarda rencor eternamente; no nos trata según nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras culpas. Cuanto se alza el cielo sobre la tierra, así de inmenso es su amor por los que lo temen; cuanto dista el oriente del occidente, así aparta de nosotros nuestros pecados. Como un padre cariñoso con sus hijos, así es cariñoso el Señor con sus fieles;

11:05
Entonces, dejando a la multitud, Jesús regresó a la casa; sus discípulos se acercaron y le dijeron: "Explícanos la parábola de la cizaña en el campo". El les respondió: "El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los que pertenecen al Reino; la cizaña son los que pertenecen al Maligno, y el enemigo que la siembra es el demonio; la cosecha es el fin del mundo y los cosechadores son los ángeles. Así como se arranca la cizaña y se la quema en el fuego, de la misma manera sucederá al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y estos quitarán de su Reino todos los escándalos y a los que hicieron el mal, y los arrojarán en el horno ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre. ¡El que tenga oídos, que oiga!"

11:05
Existe una cosecha para las espigas de trigo material y otra para las espigas dotadas de razón, es decir, para el género humano. Ésta se realiza en los infieles y reúne en la fe a los que acogen el anuncio del Evangelio. Los obreros de esta cosecha son los apóstoles de Cristo,  después sus sucesores, más tarde aún, a lo largo del  tiempo, los doctores de la Iglesia. Cristo, refiriéndose a ellos, ha dicho: «El segador ya está recibiendo su salario y almacenando fruto para la vida eterna» (Jn 4,36). Mas, hay todavía otra cosecha: es el paso de esta vida a la vida futura que, para cada uno, se realiza a través de la muerte. Los obreros de esta cosecha ya no son los apóstoles sino los ángeles. Tienen ellos una responsabilidad más grande que la de los apóstoles, porque son los que hacen la clasificación que sigue a la cosecha y separan a los malos de los buenos, tal como se hace con la cizaña y el buen grano... Desde hoy somos «el pueblo escogido por Dios, la raza santa» (1P 2, 9), la Iglesia del Dios vivo, escogidos de entre los impíos y los infieles. Que de la misma manera podamos nosotros, en el mundo que ha de venir, ser separados de la cizaña de este mundo y agregados a la muchedumbre de los que son salvados en Cristo, nuestro Señor, bendito por los siglos.

Hermanos Franciscanos

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