09/01/15

10:47
Pablo, Apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y el hermano Timoteo saludan a los santos de Colosas, sus fieles hermanos en Cristo. Llegue a ustedes la gracia y la paz que proceden de Dios, nuestro Padre. Damos gracias a Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, orando sin cesar por ustedes, desde que nos hemos enterado de la fe que tienen en Cristo Jesús y del amor que demuestran a todos los santos, a causa de la esperanza que les está reservada en el cielo. Ustedes oyeron anunciar esta esperanza por medio de la Palabra de la verdad, de la Buena Noticia que han recibido y que se extiende y fructifica en el mundo entero. Eso mismo sucede entre ustedes, desde que oyeron y comprendieron la gracia de Dios en toda su verdad, al ser instruidos por Epafras, nuestro querido compañero en el servicio de Dios. El es para ustedes un fiel ministro de Cristo, y por él conocimos el amor que el Espíritu les inspira.

10:47
Al salir de la sinagoga, entró en la casa de Simón. La suegra de Simón tenía mucha fiebre, y le pidieron que hiciera algo por ella. Inclinándose sobre ella, Jesús increpó a la fiebre y esta desapareció. En seguida, ella se levantó y se puso a servirlos. Al atardecer, todos los que tenían enfermos afectados de diversas dolencias se los llevaron, y él, imponiendo las manos sobre cada uno de ellos, los curaba. De muchos salían demonios, gritando: "¡Tú eres el Hijo de Dios!". Pero él los increpaba y no los dejaba hablar, porque ellos sabían que era el Mesías. Cuando amaneció, Jesús salió y se fue a un lugar desierto. La multitud comenzó a buscarlo y, cuando lo encontraron, querían retenerlo para que no se alejara de ellos. Pero él les dijo: "También a las otras ciudades debo anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios, porque para eso he sido enviado". Y predicaba en las sinagogas de toda la Judea.

10:47
Oh tú, que eres mi refugio y mi fuerza, condúceme, como hiciste antiguamente con tu siervo Moisés, al corazón de tu desierto, a la llama que arde sin consumirse (cf. Ex 3), allí donde el alma, invadida por el fuego del Espíritu, se vuelve ardiente, sin consumirse, se purifica. Allí no se puede residir y no se avanza más hasta tener desatados los vínculos de las trabas carnales, allí el que está, sin duda no se deja ver tal cual es, pero sin embargo se le entiende decir: “¡Yo soy el que soy!”Allí él hace bien al cubrirse el rostro para no mirar al Señor cara a cara (2R 19, 23), pero debe ejercer de sacerdote y escuchar, en la humildad de la obediencia, para distinguir lo que dice Dios al interior del corazón. Mientras tanto, Señor, escóndeme en lo escondido de tu morada (Ps 27,5) durante el día adverso; escóndeme en lo escondido de tu rostro, lejos de las intrigas de las lenguas (Ps 31,2); pues tu yugo es suave y ligera tu carga(Mt 11,30), tú me las has impuesto. Y cuando tu me hagas sentir la distancia de tu servicio con el del siglo, con una voz tierna y dulce me pedirás sí es más agradable servirte a ti el Dios vivo, que a los dioses extranjeros. Entonces, yo adoro esta mano que pesa sobre mí te digo: “¡Ellos, los otros maestros, me han dominado, más que tú bastante tiempo! ¡Yo quiero pertenecerte a ti sólo, pues tu brazo me sostiene!

Hermanos Franciscanos

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