Perseverar en el amor

23:42


Por: H. José Alberto Rincón Cárdenas, L.C. | Fuente: missionkits.org

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

Señor, que en medio de la dificultad no aparte mi mirada de tu rostro.

Evangelio del día (para orientar tu meditación)

Del santo Evangelio según san Mateo 10, 17-22

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: "Cuídense de la gente, porque los llevarán a los tribunales, los azotarán en las sinagogas y los harán comparecer ante gobernadores y reyes, por mi causa; así darán testimonio de mí ante ellos y ante los paganos. Pero, cuando los entreguen, no se preocupen de lo que van a decir o por la forma de decirlo, porque, en su momento se les inspirará lo que han de decir. Pues no serán ustedes los que hablen, sino el Espíritu de su Padre el que hablará por ustedes.

El hermano entregará a su hermano a la muerte y el padre, a su hijo; los hijos se levantarán contra sus padres, y los matarán; todos los odiarán a ustedes por mi causa, pero el que persevere hasta el final se salvará".

Palabra del Señor.

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

En cualquier lugar al que dirijamos nuestros ojos encontraremos dificultad. El mal y el bien cohabitan en el corazón del hombre caído, pero no puede ser así en el corazón del hombre redimido por Cristo. Es decir, si de verdad creo que Él ha venido al mundo no sólo para salvarlo, sino para salvarme –a mí, con mi nombre y mi historia– no puedo dejarme vencer por el mal.

Por eso los mártires, testigos del amor doliente de Cristo, no agachan la cabeza ante la adversidad. Aprendamos de su ejemplo. Es probable que a nosotros jamás nos toque enfrentarnos al riesgo de perder nuestra vida a causa de nuestra fe. Esto debe lanzarnos una pregunta obligada: ¿qué hago yo cuando el mundo me presenta algo distinto de lo que mi fe me propone?

Muchas veces caemos en el error de pensar que ser cristiano es tan sólo cumplir un número de preceptos que la Iglesia indica. Nada de eso. Quien actúa así, se comporta como un fariseo moderno, de ésos a los que Jesús acusaba de hipocresía. Ser cristiano es algo mucho más grande, porque ha costado la sangre del Hijo de Dios. Precisamente, ser cristiano es reconocerme como hijo del Padre Celestial y, en calidad de tal, cumplir por amor lo que su voluntad me invita a seguir.

Eso es lo que nos muestra san Esteban, quien no hizo más que proclamar públicamente su fe en que Cristo era el Mesías. Por esto lo condujeron fuera de la ciudad, para apedrearlo. Él no desistió de su fe. Por su perseverancia hasta el final, Dios le concedió ver los cielos abiertos y al Hijo del Hombre en toda su gloria. ¿Qué habrá experimentado Esteban al sentir la mirada de su Señor resucitado sobre él mientras se disponía a entregar su vida?

Por eso, cuando nos encontremos en medio de las olas que golpean nuestra pequeña barca –esas preocupaciones y problemas de cada día– recordemos que allá arriba tenemos alguien que ya ha surcado los mares traicioneros, y los ha conquistado para que nosotros no perezcamos. En esos momentos, basta sólo con alzar los ojos a Él, ofrecerle la prueba a la que nos vemos sometidos, y confiar que jamás nos abandonará.

A mí me conmueve tanto ver cómo Esteban hace ese largo recorrido para defenderse de los que le acusaban: no escuchaban y, al mismo tiempo, elegían las piedras para lapidarlo. Para ellos era más importante lapidar a Esteban que escuchar la verdad. Este es el drama de la avaricia humana: que también la avaricia es débil, porque este rey tiene ganas de muchas cosas, pero es un débil, y cuando ve que no puede va a la cama. Es aquí donde está la crueldad de quien habla al oído y le dice qué debe hacer: destruir. Y así hemos visto a muchas personas destruidas por una comunicación malvada como esta que hizo la reina Jezabel: muchas personas, muchos países destruidos por dictaduras malvadas y calumniosas: pensemos, por ejemplo, en las dictaduras del siglo pasado.
(Homilía de S.S. Francisco, 18 de junio de 2018, en santa Marta).

Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Ofreceré un pequeño sacrificio espiritual en favor de mis hermanos perseguidos por creer en Cristo.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

 

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