03/09/18

11:24
«Vengan, volvamos al Señor: él nos ha desgarrado, pero nos sanará; ha golpeado, pero vendará nuestras heridas. Después de dos días nos hará revivir, al tercer día nos levantará, y viviremos en su presencia. Esforcémonos por conocer al Señor: su aparición es cierta como la aurora. Vendrá a nosotros como la lluvia, como la lluvia de primavera que riega la tierra». ¿Qué haré contigo, Efraím? ¿Qué haré contigo, Judá? Porque el amor de ustedes es como nube matinal, como el rocío que pronto se disipa. Por eso los hice pedazos por medio de los profetas, los hice morir con las palabras de mi boca, y mi juicio surgirá como la luz. Porque yo quiero amor y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos.

11:24
¡Ten piedad de mí, Señor, por tu bondad, por tu gran compasión, borra mis faltas! ¡Lávame totalmente de mi culpa y purifícame de mi pecado! Los sacrificios no te satisfacen; si ofrezco un holocausto, no lo aceptas: mi sacrificio es un espíritu contrito, tú no desprecias el corazón contrito y humillado. Trata bien a Sión, Señor, por tu bondad; reconstruye los muros de Jerusalén. entonces te gustarán los sacrificios, ofrendas y holocaustos que se te deben; entonces ofrecerán novillos en tu altar.

11:24
Refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, dijo también esta parábola: "Dos hombres subieron al Templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, de pie, oraba así: 'Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas'. En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: '¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!'. Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado".

11:24
Oh alma que lloras tus pecados, teme a los juicios divinos, que son un abismo profundo. Teme, he dicho, teme intensamente, aunque seas poco penitente, desagradar más a Dios. Teme aún más, incluso ahora, de ofender de nuevo a Dios. Finalmente, teme sobre todas las cosas estar separada de Dios, privada para siempre de luz, estar siempre quemada por el fuego y carcomida por el gusano que no perece. Teme todo esto, si una penitencia verdadera no te permite morir en la gracia final, y canta con el profeta: « Ante ti mi carne tiembla de miedo, tus juicios me llenan de temor». (Sal. 118:120) Sin embargo, desea los dones celestiales. Elévate por la flama del divino amor hasta estar en Dios, quien te ha soportado pacientemente en el pecado, que te ha esperado con tanta longanimidad, y llevado a la penitencia con tanta misericordia, por el perdón, la infusión de su gracia y la promesa de la corona eterna. Él te pide que le ofrezcas, o más bien que recibas de Él mismo afín de ofrecerle «el sacrificio de un espíritu quebrantado, de un corazón contrito y humillado» (Sal.50:19) por una amarga compunción sincera, por una justa satisfacción. Desea con ardor que Dios te muestre su amor por una larga comunicación del Santo Espíritu. Desea con más ardor de ser conformado a él por una fiel imitación de Jesús crucificado. Pero por sobre todo, desea poseer Dios en la clara visión del Padre Eterno afín de que, en toda verdad, puedas cantar con el profeta: «Sediento estoy de Dios fuerte, del Dios de vida; ¿cuándo iré a contemplar el rostro del Señor?» (Sal 41:3)

Hermanos Franciscanos

Formulario de contacto

Nombre

Correo electrónico *

Mensaje *

Con tecnología de Blogger.