07/04/21

11:26


Jacob partió de Berseba y se dirigió hacia Jarán. De pronto llegó a un lugar, y se detuvo en él para pasar la noche, porque ya se había puesto el sol. Tomó una de las piedras del lugar, se la puso como almohada y se acostó allí. Entonces tuvo un sueño: vio una escalinata que estaba apoyada sobre la tierra, y cuyo extremo superior tocaba el cielo. Por ella subían y bajaban ángeles de Dios. Y el Señor, de pie junto a él, le decía: «Yo soy el señor, el Dios de Abraham, tu padre, y el Dios de Isaac. A ti y a tu descendencia les daré la tierra donde estás acostado. Tu descendencia será numerosa como el polvo de la tierra; te extenderás hacia el este y el oeste, el norte y el sur; y por ti y tu descendencia, se bendecirán todas las familias de la tierra. Yo estoy contigo: te protegeré dondequiera que vayas, y te haré volver a esta tierra. No te abandonaré hasta haber cumplido todo lo que te prometo». Jacob se despertó de su sueño y exclamó" "¡Verdaderamente el Señor está en este lugar, y yo no lo sabía!". Y lleno de temor, añadió: "¡Qué temible es este lugar! Es nada menos que la casa de Dios y la puerta del cielo". A la madrugada del día siguiente, Jacob tomó la piedra que le había servido de almohada, la erigió como piedra conmemorativa, y derramó aceite sobre ella. Y a ese lugar, que antes se llamaba luz, lo llamó Betel, que significa "Casa de Dios". Luego Jacob hizo este voto: "Si Dios me acompaña y me protege durante el viaje que estoy realizando, si me da pan para comer y ropa para vestirme, y si puedo regresar sano y salvo a la casa de mi padre, el Señor será mi Dios. Y esta piedra conmemorativa que acabo de erigir, será la casa de Dios. Además, le pagaré el diezmo de todo lo que me dé".

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Tú que vives al amparo del Altísimo y resides a la sombra del Todopoderoso, di al Señor: «Mi refugio y mi baluarte, mi Dios, en quien confío». Él te librará de la red del cazador y de la peste perniciosa; te cubrirá con sus plumas, y hallarás un refugio bajo sus alas. “Él se entregó a mí, por eso, yo lo libraré; lo protegeré, porque conoce mi Nombre; me invocará, y yo le responderé. Estaré con él en el peligro, lo defenderé y lo glorificaré

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Mientras Jesús les estaba diciendo estas cosas, se presentó un alto jefe y, postrándose ante él, le dijo: "Señor, mi hija acaba de morir, pero ven a imponerle tu mano y vivirá". Jesús se levantó y lo siguió con sus discípulos. Entonces se le acercó por detrás una mujer que padecía de hemorragias desde hacía doce años, y le tocó los flecos de su manto, pensando: "Con sólo tocar su manto, quedaré curada". Jesús se dio vuelta, y al verla, le dijo: "Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado". Y desde ese instante la mujer quedó curada. Al llegar a la casa del jefe, Jesús vio a los que tocaban música fúnebre y a la gente que gritaba, y dijo: "Retírense, la niña no está muerta, sino que duerme". Y se reían de él. Cuando hicieron salir a la gente, él entró, la tomó de la mano, y ella se levantó. Y esta noticia se divulgó por aquella región.

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Escuchad, hermanos. Si la bienaventurada Virgen María es honrada de tal manera –y es justo que sea así- por haber llevado a Cristo en su seno bendito, si el bienaventurado Juan Bautista tembló hasta el punto de no atreverse a tocar la cabeza sagrada de su Dios, si el sepulcro en el cual el cuerpo de Cristo fue recostado por poco tiempo esta ahora envuelto de veneración, cómo deber ser santo, justo y digno el que toca a Cristo con sus manos, le recibe en su boca y en su corazón y lo da a los demás como alimento, ese Cristo que ahora ya no es mortal sino eternamente vencedor y glorioso, sobre quien los ángeles desean fijar su mirada. Tened en cuenta vuestra dignidad, hermanos presbíteros, y sed santos porque él es santo (1P 1,16)... ¡Gran miseria y miserable flaqueza si, teniéndolo así presente entre vuestras manos, os ocupáis en cualquiera otra cosa en el mundo! Que tema todo hombre, que tiemble el mundo entero, y que exulte el cielo cuando Cristo, el Hijo de Dios vivo, está sobre el altar entre las manos del presbítero. ¡Qué admirable grandeza y qué asombrosa bondad! ¡Qué sublime humildad! El Señor del universo, Dios e Hijo de Dios, se humilló por nuestra salvación hasta el punto de esconderse bajo una pequeña hostia de pan. Fijaos, hermanos, en la humildad de Dios; que vuestros corazones le rindan homenaje. Sed humildes también vosotros, para poder ser exaltados por él. Que no os quede nada para vosotros a fin de que el que se da a vosotros todo entero os reciba enteros.